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El voleibol tiene algo de poesía y de presagio. Su pelota voladora no debe tocar el suelo. No debe mancharse con las cosas terrenas. Debe permanecer siempre inmaculada de esa contaminación. Y obliga a quienes la juegan, a mirar permanentemente hacia el cielo. El hombre que emerge del mar de sal de sus orígenes y apunta al mar de estrellas de su destino.
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