
M entÃan y sabÃan que mentÃan, y al mentir soñaban sero otros, y sintiéndose otros se cumplÃan. Ninguno supo nunca para qué nació, por qué fueron los libros su destino. Habitaron modestas bibliotecas, apartamentos destartalados, burgeses estanterÃas, tal vez hoteles de carretera, tal vez una noche última. Un hombre, hoy olvidado, practicó con ellos el vanidoso arte de la filologÃa, otros prefirieron ensayar el elogio o el desprecio. Huérfanos y solitarios, un dÃa decidieron librarse del libro que los ataba, y asà se perdieron en las calles, llevados y traÃdos por el viento como hojas febriles, o quizá olvidados en las mesas de lectura de las bibliotecas, aún deseosos de unos ojos que los devolvieran a la literatura.
Algunos ortodoxos buscaron regresarles al libro, pero el intento fue inútil. (Éste que tienes en las manos es el último ejemplar intacto que perdonaron los siglos. Discúlpame si descreo del supuesto autor de esta edición: intuyo que el tiempo ha pervertido la genealogÃa de estas páginas .)
Prometer el asombro de que no existamos, jugar a ser cualquiera para poder ser nadie, enumerar paradojas que habitan este sueño (que otros llamaron mundo), permitirse una esperanza o una desolación: esa fue la razón de estos poemas cuyo padre ignoramos. Hijas ya del lector o nadie.
Lester H. Thomas
Bruno Mesa, con su anterior libro El laboratorio , ganó el XII Premio Internacionañ de PoesÃa Fundación Loewe a la joven creación



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