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MIS DOS PRIMAS Y YO
...Julia alargó su mano, gordezuela y breve, de joyero fino. Un encanto de mano, que parecía acariciar con todos sus movimientos y que hacía soñar con joyas extenuadoras. Él tuvo aún un último movimiento de pudor, y ella protestó:
-¿Vas a tener reparos en que te cure tu prima?
Era curioso lo que le ocurría a Eduardo. Hacía un instante, de haber alcanzado a Susana, se hubiese echado sobre ella violentamente, hubiera luchado hasta hacerla suya, hubiera aspirado hasta el fondo sus torpes regüeldos. Y ahora, junto a su prima Julia, carne indolente y cálida, propicia a la entrega, sentíase cohibido; le parecía muy apetitosa, pero no había pensado en la posibilidad de hacerla suya. Acaso la encontraba demasiado ingenua, muy jovencita... Y, además, era rubia, cosa que hacía suponer a eduardo que sería menos cálida, menos pasional que su hermana.
No había pensado en la posibilidad de tenerla al alcance de la mano, y por eso estaba cohibido. Lo que no le impedía estar encendido de deseo...
La mano de Julia apartó el pañuelo que cubría lo que la rasgadura dejaba al descubierto.
Julia se inclinó para mirar la herida, que, en realidad, no tenía importancia. Creyó Eduardo que su primita retrocedía espantada al ver, no la herida, sino lo que asomaba por la abertura del pantalón, cada vez más encendido y rabioso, no el pantalón, se entiende, sino lo que por debajo de él asomaba...
Al inclinarse, Julia puso bajo los ojos de su primo los globos maravillosos de sus pechos, que la seda de la blusa parecía sostener para que no cayeran entre sus piernas. La mirada de Eduardo se metió, exploradora, por el tunel que formaban los pechos, de una blancura de leche y nardos.
Julia miró largamente la heridita de su primo. "¿Será la heridita, en realidad, lo que mira Julita?", malició gozoso.
El hecho es que no se apartó indignada, ni se mostró sorprendida, ni hizo ningún aspaviento, como él esperaba. Fue como si no hubiese visto nada más que la carne del muslo rasgada. Levantó a él sus ojos azules, de inocencia y exclamó:
-Has podido hacerte mucho daño... A pique de hacerte demasiado...
Pero sus ojos de inocencia brillaban turbios como los de Susana; sus mejillas estaban encendidas, como si las hubiesen acercado a una llama, y al hablar se veía despegarse su lengua, y de sus encías, una saliva pastosa: talmente Suasana con resaca. Sus pechos palpitaban, y sus puntas parecían haberse enduracido, ¡habían crecido!
Julia se dispuso a lavarle la heridita, para lo cual mojó el pañuelo en el agua del manantial.
No tuvo necesidad de levantar la tela rota del pantalón de Eduardo para que no impidiese su labor pegándose al muslo. No, no era necesario. El cetro viril era a modo de una palanca que el Gran Mecánico levantaba cada vez más arriba...
Con la mayor naturalidad, como si aquello fuese la nariz -pongo por caso- y Julia no tuviese por qué extrañarse, después de empapar el pañuelo en el agua cristalina y helada, lavó cuidadosamente el muslo herido con amorosa delectación.
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