
En un sistema de interferencias, cada verso de canción nos une a una parte del mundo y se contamina de ésta. Hacer café puede traer a la mente el burbujeo de un buzo o el surtidor de la ballena, o la quietud de un cocodrilo expectante; la irisación del azufre en el planeta Marte o los labios antes del beso. Cualquier cosa imaginable cabe en las palabras. Todos los objetos del mundo hablan y, a veces, se escuchan. Si se responden, llegamos al poema, Si no se responden, son como tu teléfono. Apaga el contestador, contéstame. Sólo son las dos de la mañana.
Mi nombre es Rojo, primer premio del Certamen María Isidra de Guzmán de Poesía 2004, asombra por el atrevimiento y la energía de su lenguaje insólito y atrapa con la potencia de un gigantesco imán, penetrando en la piel como la radiación de un isótopo. La poesía de Mercedes Díaz Villarías es una central atómica, un volcán en erupción, la onda expansiva de una explosión. Una experiencia única en estos tiempos de confusión y derrota.



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