
Hay una faceta en la actividad literaria de Italo Calvino que mucha gente desconoce y que por no ser más discreta, y sobre todo mucho menos glamoroso que la de escritor, fue menos duradera, intensa y prolÃfica : la de editor. Durante casi cuarenta años, Calvino colaboró muy estrechamente, de una u otra forma, con el editor italiano Giulio Einaudi, cuya prestigiosÃsima editorial desempeñó un papel fundamental en la cultura escrita de su paÃs.
Esta correspondencia se debe, pues, al Calvino editor, al lector incansable de centenares, tal vez miles, de manuscritos de autores desconocidos y consagrados, a quienes dio a conocer o consolidó en su carrera, pero también a quienes despreció y rechazó -a veces con inusitada dureza-, a sabiendas, quién sabe, de que el único criterio coherente para un editor literario que desea crear una lÃnea editorial es el de arriesgarse a seguir la corriente de simpatÃa, afinidad y entusiasmo que establece con ciertos libros y ciertos autores, aun a costa de equivocarse o de pecar de arbitrariedad.
Aquà se reúnen cerca de trescientas de sus casi cinco mil cartas dirigidas no sólo a estos autores (algunos desconocidos en la época, convertidos en grandes escritores con los años), a quienes transmite sin tapujos su valoración de la obra, sino también a colaboradores, escritores «de la casa», crÃticos y amigos, a quienes expresa incesantemente opiniones sobre libros leÃdos y «descubiertos», lecturas aborrecidas, autores odiados y amados. Calvino aparece aquÃ, ya no como protagonista, sino, detrás de los libros de otros, como testigoprivilegiado y excepcional de parte de la historia contemporánea del pensamiento y la literatura.



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