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Degradación ecológica, hegemonía del capital financiero (la verdadera «globalización»), atomización de la sociedad, opción por la guerra en la solución de los conflictos...: no son procesos «naturales», sino consecuencia de una actitud pseudocultural que sigue atribuyendo al egoísmo y a la lógica darwinista del más fuerte las motivaciones de fondo del comportamiento humano. Hay que hacer valer, pues, el principio según el cual la maduración del ser humano está en función de la capacidad de don que consiga expresar en su relación con los demás, empezando por los «últimos».
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