
Si el misterio de la religión es el misterio del deseo, y éste se revela como poder, el poder se transforma en la nueva religión. El lugar del deseo es asumido por la ilusión idolátrica, tanto en el ámbito de la política como en el del mercado, de que el poder es capaz de producir lo que el corazón desea. Si el cristianismo no tuviera nada importante que decir y proponer a este respecto, estaríamos fatalmente destinados a ser una más de las religiones que sobreviven en el tiempo por pura inercia social.



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