
Hay que ver a Baudelaire rumiando la utopía de la perfecta felicidad, el trabajo, la vida espiritual. Vagando de casa en casa, de hotel en hotel. Ejerciendo su derecho a la contradicción, incluso al absurdo. Descontento de sí mismo. Es un ambicioso y un moralista. Vive con sus vicios y contra sus vicios. Reza. Se complace con las niñerías de la vanidad. Cree poseer la ciencia de la vida, pero no puede ponerla en práctica. Hay que ver al poeta rebelde, al satánico autor de Las flores del mal anhelando ser rico, persiguiendo favores, buscando el monopolio del teatro Odéon, recibiendo subvenciones del estado francés. Todo eso es lo que el lector encontrará en estas cartas: un auténtico autorretrato, dictado a gritos.



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