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El chico asintió y el extraño le tendió la mano. Titubeó unos segundos, se la agarró y continuaron andando juntos por la carretera. La nieve comenzaba a cuajarse de nuevo, apenas unos centímetros, pero eran suficientes para sentir la humedad y el frío a través de las suelas rotas de sus zapatos. Desanduvo parte del camino que había hecho con su padre días antes; los árboles habían ardido y todo estaba desolado. El mundo se había convertido en una hoguera inmensa donde debían purgarse todos los pecados del hombre.
Otro libro de Garduño Cuenca, Juan de Dios es El Caído, El ángel Caído Volverá Con Sus Huestes.
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