
No es un libro de historia ni una guía turística. Tampoco se trata de un libro para halagar el orgullo provinciano. Ni elogios desmesurados, ni cantos regionales, ni fingida complacencia deambulan por sus páginas. El narrador habla de lo que le parece bien y de lo que le parece mal. Habla también de la gente, de las personas que conoció allí, convencido de que un lugar son los amigos que se hacen en él. La subjetividad es pues su rasgo dominante. Es un libro de ficción y, por lo tanto, todo lo que se cuenta en él es pura verdad.



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