Un hombre, paseando una tarde por París (aunque podría tratarse de otra ciudad cualquiera), entra en los Jardines del Luxemburgo (que también podrá ser cualquier jardín del mundo). Meditativo, la contemplación de la hojarasca, de la fuente —tan sola—, de los árboles y las nubes despierta en él otras imágenes o escenas, muy lejanas ya, que sucedieron en tierras remotas, allende el océano. Y en la escisión entre los dos horizontes —el pasado y el presente, la infancia y la madurez, la patria primera y la adoptiva— surge, en deslumbrante sintaxis, en vertiginosos pensamientos que se imponen con violencia al lector, un mundo hecho de luz y destellos, ya de la memoria, ya del paisaje contemplado ; un mundo, en última instancia, que sólo puede darse en la poesía.
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